Allí están, entre otras, las semillas de la paz, del amor, de la fiesta, de la amistad, de la solidaridad, de la justicia. Hay que soñar todos los días para que esas semillas puedan, luego, convertirse en árboles de vida y de historia. Porque un buen sueño nos pide cuidar con dedicación y esmero el pequeño brote y nos pide constancia y paciencia para esperar su ciclo lento pero que le transforma en planta robusta capaz de dar los frutos esperados. Nuestro primer trimestre del curso nos habla de todo esto.
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